El abuelo,otra vez en el patio, debajo de la parra, al lado del pozo, sentado en un cubo puesto al revés, habia vuelto a irse.
Tarde años, tuve que vivir mucho, crecer y hacerme viejo para saber a dónde se iba el abuelo.
El abuelo, memoria adentro, se iba a tener veinte años, a tocar el tambor en la feria de Celanova, a mirar de reojo a la pequeña bailarina de ojos claros y sonrisa triste, a mi abuela cuando ella aún no sabía que iba a serlo.
Mi hermana Nené, en el tejado, veía pasar a la Luna.
Mamá, sentada en el brocal del pozo, pelando guisantes, miraba a Nené.
- Mi niña está enamorada - dijo.
- ¿De quién, mamá?
- Del amor, supongo.
El grillo, ya acomodado, dio su opinión.
Me fui a jugar con mis soldaditos de plomo.
A Marola y a mí, porque nacimos en marzo, nos gustaban los grillos. Los grillos, más de un perro, nadar, el viento y tantas cosas.
Y a mí, sin yo saberlo, me gustaba Marola.
Marola, antes de encanecer, tenia el pelo rojo, los ojos claros y mil pecas.
- Abuelo, ¿la abuela se llamaba Marola porque yo me llamo Marola?
Juan el Viejo sonrió.
- Puedes apostar a que sí - dijo.
- Lo sabía - dijo Maroliña.
Y salió corriendo, a levantar con un grito largo a media docena de gaviotas que ya empezaban a quedarse dormidas al borde de la marea.
Los caminos de la luna (Juan Farias)
lunes, 26 de enero de 2009
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