Hoy, como tantos otros días, debo mi sonrisa a ti

lunes, 26 de enero de 2009

Al caer la tarde, Maroliña y Juan el Viejo vieron pasar un albatros. El albatros volaba muy alto y sin prisas, como quien sabe que aún tiene mucho camino por delante.
Venía del océano Indico, de la isla de los Cocos o un sitio así.
Estaba a dar la vuelta al Mundo, que les gusta hacerlo para luego tener cosas que contar.
Los albatros, para que el día se les haga más largo, viajan siempre de Este a Oeste.
No suelen bajar a tierra, que eso quita puntos. A veces se posan en los mástiles de los barcos y son capaces de dormir colgados del aire.
De tanto volar, acaban por saber tres idiomas: el suyo propio, que no tiene gerundios, el de las ballenas, que quizá sea el más antiguo, y el holandés, que lo aprenden de un marino errante, el capitán de ese buque fantasma que navega siempre en una mar embravecida.
- Y con ésta, ya se de tres almas en pena - dijo Maroliña.
- Hay más - dijo Juan el Viejo -, a cientos las hay, pero las pobres son inofensivas. Tú por gentileza, si ves a uno y te dice o te aúlla, haz como que te asustas. No me seas despectiva, que eso molesta.

Los caminos de la luna (Juan Farias)

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