Hoy, como tantos otros días, debo mi sonrisa a ti

lunes, 26 de enero de 2009

Tengo una playa y toda la mar. Es un regalo de cumpleaños. Me lo hizo papá. - No creo que encontremos nada mejor - dijo.
Lo conté en la escuela, dije:
- Esta mañana, papá me regaló la mar.
A Nano le pareció una bobada. Y bostezó.
Don Paco vino a felicitarme - Eres un chaval con suerte - dijo.
A Marola también le gustó, y después de clase fuimos los dos a pasear descalzos por mi regalo de cumpleaños.
Llegó Pedro, el pescador, y subió su barca a lo seco. Pedro tenia la barca para salir a la mar, a pedirle a la mar, y la mar le daba.
Pedro, al vernos, le dijo a Marola: - No mires así a la mar, rapaciña, que la enamoras.
Marola se puso colorada.
- Que sí - sonrió Pedro -, que la mar no es cosa, que la mar es alguien y le gustan las pelirrojas.
Pedro la pasaba diciendo lindezas. A mi, por ser mi día, me regaló un besugo.
La playa es de arena y rocas, grande a la marea baja, apenas playa cuando sube la marea. La mar, según le dé, amanece tranquila, melancólica o alegre y revoltosa, a veces mar de fondo, que es un venir solemne y pesado. También puede enfadarse y entonces levanta las olas y las olas revientan contra las rocas, revientan la arena y todo es un rugido sobrecogedor.
En la playa se puede jugar a casi todo, y lo mejor es que, cuando mamá te llama porque es tarde o quiere algo, no tienes que recoger nada, ni colgar las olas de una percha o poner la arena en su sitio. Lo puedes dejar todo como esté y que la mar lo baile.
En esa playa jugué a todo, a juegos de niños y a juegos de mozo también jugué.
Una tarde, andaba yo a pasear solitario, con una inquietud en las extrañas y el recuerdo de Marola mareándome las ideas.
Escribi su nombre en la arena. Vino una ola y se lo llevó.
Lo escribí más veces y vinieron más olas.
Después grité: - ¿Cómo se llama?
La ola que vino ya lo sabía y al romper lo dijo.
Los caminos de la luna (Juan Farias)

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