Hay un punto indefinido en las vías respiratorias, en la garganta, a la altura de ese hueco blando que se queda entre clavículas, que decide de vez en cuando obstruirse, dejar de funcionar normalmente, de albergar aire limpio, transparente y poroso. Casi sin avisar, el fluido impalpable que circulaba alegremente por entrañas desconocidas se detiene en ese punto y conviene volverse una materia pesada, viscosa, salada, áspera, intragable: es la angustia que se instala en la garganta y decide arañarla hasta aburrirse. El resto de los conductos del alma, entonces, se resienten: el corazón detiene bruscamente sus movimientos, y escucha, conteniendo la respiración, su propio palpitar, asustado, al ver que la caja que lo aloja se está llenando de polvo, se está pudriendo ahora que no circula por ella ese aire que la limpia; las extremidades se entumecen, intentando proteger un cuerpo que no funciona, que de repente se muere de frío, entre extrañado y resignado por lo que se le viene encima. Eso es la angustia.
Cuando hay angustia, difícilmente hay otra cosa. Llorar, reir, echarse a correr, a dormir, ponerse a escribir: todo es absurdo: la angustia sigue ahí, agazapada, paralizando el organismo, desollando por dentro ese agujero blando entre las dos clavículas. Un despertar tras una noche de angustia puede confirmarlo: puede confirmarlo el ardor en la garganta, las plantas de los pies blancas de frío. No hay remedio para la angustia, porque entonces no sería angustia. No sería la comezón irremediable en la garganta, ni las uñas clavadas en la palma de la mano, ni los párpados cansados ya de tanto escocer por dentro: si no fuera un sin vivir que se prorroga misteriosamente, una asfixia alienante que sólo espera que se espere, no sería angustia, porque eso es la angustia.
martes, 16 de diciembre de 2008
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